- ME VUELVO A ENCONTRAR,
EN EL MISMO LUGAR
EN AQUELLA ESQUINA
DONDE TUBO LUGAR
Y CIERRO LOS OJOS
ME TUMBO A ESPERAR
QUE TODO PASA
Y PASARÁ...

- No puedo olvidarte. La última vez que escuché tu voz sigue presente en mi cabeza como si fuese ayer. Tuvimos esta conversación, un poco extraña e incómoda. De aquellos que no se hablan hace mucho tiempo. Ya hoy, tu voz sigue retumbando en mi cuerpo, como un éco infinito, que rasga cada parte viva que conservo en mí, recordandome todo lo que hemos perdido. Recordándome que seguís ocupando una gran parte de mi vida. No me sirve de nada negarlo cien días si voy a tener que vivir con ellos los años que me queden. No puedo olvidar tu voz ronca, hablando bajito de tal forma que podía escuchar tu tranquilidad sin tener que leer tus labios. Hablamos de nosotros. Te expliqué que no quería que te fueras de mi vida ni que me privaras de la tuya. Yo sólo necesitaba que estuvieras, que me hicieras verlo cuando la ceguera que acarriaban los problemas se avalanchara sobre mi. Sólo necesitaba que no te fueras. Cuando te pregunté si eras capaz de entender eso, me dijiste que si. Tu respuesta sonó como un susurro inseguro, dolido. Me sonó a una despedida escurridiza. Y aunque yo no paraba de sonreir porque estaba hablando con vos, dentro mío, entendí que aquella iba a ser nuestra última conversación en mucho tiempo. O la última en nuestra historia si bien todavía no quiero creer eso. En tus palabras pude notar que tenías miedo, no de perderme, sino de hacerme mal intentando no perderme. También tenía miedo, podría jurar que lo único que sentía con vos era miedo de perderte porque nunca te merecí, nunca fui capaz de llegarte a los talones siquiera y verte, cuidarme, era como ver a un ángel salvar a una persona del infierno. Me senté en mi cama y puse los pies sobre el escritorio. Me quedé mirando por la ventana de mi habitación mientras sostenía el teléfono e intentaba oir tu voz, la hermosa melodía que sale de tu cuerpo como una canción inolvidable. El sol brillaba fuera, se ocultaba a lo lejos, aunque los árboles que están alrededor del jardín de mi casa no me permitían ver más que el esplandor, los últimos rayos de sol dejandose ver en el cielo como una pintura, como una acuarela. Podía imaginarte tirado en tu cama, con el teléfono en la mano, mirando el techo. Todo iba bien, me encantaba hablar con vos, de tu vida sobre todo, supongo que encontraba algo totalmente excitante en lo que te concierne. Todo iba bien hasta que me hablaste de ella. Sólo te había preguntado si estabas bien con tu vida, y tuviste que sacar a relucir su nombre. Me quedé muda, intentando procesar el hecho que estabas mejor sin mi que conmigo. La describías, te reías probablemente de los momentos vividos con ella, me contaste cosas que nunca esperé que mencionaras. Que no estaba preparada para escuchar en ese momento. Se me había hecho un gran nudo en la garganta, me estaban saliendo las lágrimas y mi estómago se estrujaba. Me recosté en el suelo y dejé que tu voz innundara mi cabeza. Aquella descripción no se me borra, tu voz, soñando con ella y no conmigo sigue siendo un recuerdo nítido. Todavía siento el dolor de esa oportunidad, adueñandose de mi corazón. Te diste cuenta de mi silencio y me preguntaste si seguía allí, del otro lado del teléfono. Hice todo un esfuerzo que no notaste para hablar con normalidad, como pude, con lo que quedaba de mi, te pregunte si la querias. Dudaste en serme sincero pero tu poca consideración ya había tirado mi cuerpo abajo. Me respondiste que ella te hacía pasar buenos momentos, pero que no te conocía, no del todo. No te pude creer aquello, quizás creí que era una forma de evadir mi pregunta intentando consolar a la pobre infeliz que accidentalmente te quiso demasiado. Supongo que ya en mi cabeza todo el rompecabezas, entre ausencias e indiferencia de tu parte, comenzaban a tener sentido. Sonreí con lágrimas en mis mejillas porque te imaginé a su lado, siendo feliz. Hubo un largo silencio, hubo un silencio que consumió y se llevó muy lejos mi alma. Ahora lloro porque me recuerdo, desplomada, sintiendo como me dejabas atrás, con los recuerdos desechables. Como no te diste cuenta de mi llanto, como no notaste que tus anécdotas con ella me hacían sentir nadie. Me estado se parecía mucho al de una carta: borroda, tachada, tirada a la basura. Me avisaste que iba a cortarse la comunciación, que no me asustase. Recuerdo tu voz, diciendome muy bajito: "Mai, te quiero". Me recuerdo también, respondiéndote: "Yo también te quiero, no lo olvides nunca". Aquellas palabras fueron el adiós que nunca dijiste, el memorandum. Te sentí despedirte de mi sin palabras. Nos sentí tan distantes, como desconocidos, como dos personas que jugaban a perder la memoria. Un rejunte de palabras pasaron por mi cabeza, un rejunte de sentimientos explotaban en mi como una guerra sin enemigos. En ese instante, la llamada se cortó.

Me olvidaste, no lo niegues..

No hay comentarios:

Publicar un comentario